
Introducción
En este articulo compartiremos con ustedes una enseñanza clara que encontramos en la Biblia: el evangelio se ha estado moviendo y sigue moviéndose según el plan que Dios estableció para la humanidad. Este plan está fundamentado en un lugar especial, El Santuario. Dicho lugar existe en el cielo, y Cristo mismo se ha movido conforme al modelo celestial que allí se revela.
Permítanme ilustrar esto con un ejemplo. Cuando Cristo nació, se cumplió en el cielo un acontecimiento simbólico: en su nacimiento, Él entró al atrio del santuario. Recordemos cómo estaba compuesto ese santuario: el atrio contenía el altar de sacrificios, donde se ofrecía el cordero, y también la fuente. Al avanzar, uno ingresaba al lugar Santo, donde se encontraba el candelabro de siete brazos, la mesa de los panes sin levadura (o de la proposición) y el altar del incienso. Finalmente, estaba el lugar Santísimo, que contenía el arca del pacto. Dentro de esa arca se hallaban la ley de Dios, el maná, la vara de Aarón, y sobre ella reposaba la misma presencia del Señor, lugar donde se realizaba el juicio.
Ahora bien, cuando Cristo vino al mundo, simbólicamente también se cumplía en el cielo un movimiento paralelo: Él dejó su morada celestial para entrar en el santuario terrenal y finalmente morir en la cruz del Calvario. De manera semejante, cuando un cristiano eleva su oración, esta parte de la tierra, traspasa el primer cielo (visible), cruza el segundo cielo (invisible) y llega hasta el tercer cielo, el lugar donde habita el Señor, según lo expresa el apóstol Pablo. Allí, en ese santuario no hecho de manos humanas, la oración entra a la presencia divina.
Alcabalas Espirituales
Pero, para llegar allí por la fe, es necesario atravesar lo que podríamos llamar “alcabalas espirituales”. La primera es esta: ¿cree usted que Cristo nació? Si su respuesta es afirmativa, un ángel le dice: “Pase adelante”. Luego viene la segunda alcabala: ¿cree usted que Cristo murió y resucitó? Si la respuesta es sí, nuevamente el ángel le abre paso. Entonces se le presenta la tercera: ¿cree que Cristo lo bautiza y perdona sus pecados? Solo respondiendo con fe se puede avanzar. Hebreos 11 lo deja claro: sin fe es imposible agradar a Dios.
Sin embargo, esta realidad plantea preguntas serias. Por ejemplo, ¿cree el pueblo de Israel de hoy que Cristo nació? No. ¿Han entrado entonces al santuario? Tampoco. Lo mismo ocurre con musulmanes, budistas u otras religiones: al llegar a la puerta, el ángel pregunta según su fe, y si no creen que Cristo nació, murió y resucitó, ni aceptan el bautismo, simplemente no entran.
Por eso predicamos la Palabra. El mensaje presente va cambiando en cada época. En el Antiguo Testamento, se anunciaba que nacería el Mesías. Cuando ese Mesías finalmente nació, Dios levantó a Juan el Bautista con un mensaje renovado: “He aquí el Cordero de Dios.” Ya no era la expectativa futura, sino la realidad presente: “Es Él.”
El lugar Santo
Después de la muerte y resurrección de Cristo, nuevamente el mensaje se amplió: ahora se proclama que Él ascendió al cielo, se sentó a la diestra del Padre y entró al lugar Santo para interceder por la humanidad. Allí, cada símbolo tiene aplicación: el candelabro representa al Espíritu Santo; la mesa con el pan simboliza a Cristo como pan de vida, del cual debemos alimentarnos cada día; y el incensario representa las oraciones que se elevan al trono de la gracia. El ángel vuelve a preguntar: ¿cree usted en la obra del Espíritu Santo? ¿Se alimenta diariamente de la Palabra de Dios? ¿Cree que la oración es poderosa? Quien responde afirmativamente, sigue avanzando.
El lugar en el que se encuentra actualmente la cristiandad
Ahora bien, ¿dónde se encuentra hoy la mayoría de la cristiandad? Tanto católicos como evangélicos y pentecostales creen que Cristo nació, murió y resucitó. Creen en el bautismo, en el Espíritu Santo, en el pan de vida y en el poder de la oración. En otras palabras, por fe, han entrado hasta el lugar Santo. Pero el mensaje no se detiene allí. Cuando Cristo murió, resucitó y ascendió, el mensaje presente cambió otra vez. Ya no se anunciaba solamente “Éste es el Cordero”, sino “Él intercede en el cielo.” Pedro, en Hechos 2, lo proclama con claridad: Cristo se sentó a la diestra de Dios, el Espíritu Santo fue derramado, y el acceso al Padre se abrió plenamente.
El lugar Santísimo
Pero aún hay más. En Apocalipsis 11 se abre otra puerta: la del lugar Santísimo. Allí se contempla el arca del pacto. Cristo, en 1844, entró en ese lugar para iniciar el juicio investigador. Y con ello, el mensaje presente cambió de nuevo. En el lugar Santísimo está la ley de Dios, el maná que apunta al régimen pro-salud, la vara de Aarón que reverdeció como símbolo de la resurrección, y el juicio divino.
La pregunta es: ¿qué iglesia, por fe, ha seguido a Cristo hasta el lugar Santísimo? Solo una: la Iglesia Adventista del Séptimo Día. No con orgullo, sino con solemne responsabilidad lo afirmamos. Porque somos los que, por convicción bíblica, creemos que la ley sigue vigente, que hay un juicio en proceso, que el cuerpo es templo del Espíritu Santo y debe cuidarse, y que la muerte es un estado de inconsciencia hasta la resurrección.
La música entra en escena
Aquí es donde la música entra en escena. Porque, ¿qué sucede con aquellas denominaciones que permanecen en el lugar Santo? Según la visión de Elena de White (Primeros Escritos, págs. 54–56), cuando el Padre y el Hijo se movieron al lugar Santísimo, quienes no los siguieron quedaron en tinieblas, y Satanás se colocó en el lugar Santo para dirigir la adoración. Allí inspiró con poder, emoción y hasta milagros aparentes, pero sin verdadera luz, amor, gozo ni paz. Es allí donde nace gran parte de la música cristiana popular de hoy: poderosa en emoción, pero carente de verdad presente.
Y aquí está la advertencia: cuando la Iglesia Adventista adopta esa música, esas prácticas o descuida el mensaje profético (el sábado, la salud, el juicio, el estado de los muertos), corre el riesgo de retroceder al lugar donde Satanás dirige la obra.
Influencia engañosa de satanás
La visión de Elena de White incluso muestra algo más grave: algunos que ya estaban en el Santísimo, con Cristo, abandonaban esa compañía y regresaban al lugar Santo, recibiendo directamente la influencia engañosa de Satanás. Y eso, dice ella, puede ocurrir por descuidar el régimen de salud, por engavetar las profecías o por contentarse con un evangelio incompleto centrado sólo en emociones y no en la verdad presente.
Un llamado solemne
El llamado, entonces, es solemne: no retroceder. No dejar que la música, la emoción o la tibieza espiritual nos devuelvan al terreno donde Satanás comanda. La verdadera adoración debe estar fundamentada en la experiencia del lugar Santísimo, proclamando el mensaje del tercer ángel, sosteniendo la vigencia de la ley, la certeza del juicio, la reforma por salud y la esperanza de la resurrección.
Este contenido ha sido desarrollado a partir de la conferencia de Oliver Coronado (Seminario de la Música y las Profecías)
Recopilación y edición: Augusto E.V.
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