2 - El Israel de Dios y la historia de su misión
Primera Sección: 1: El Israel de Dios hoy es espiritual y global
El Israel de Dios hoy debe ser comprendido como espiritual y universal. Dios ha tenido un solo pueblo a lo largo de todos los tiempos: aquel que se une a Cristo como Salvador y Señor. Cuando el Señor escogió a Abraham, fue con el propósito de bendecir a todas las naciones de la tierra (Génesis 12:1-3).
Para cumplir este plan, Dios escogió a doce hombres que fueron los fundadores del Israel nacional, quienes se multiplicaro hasta formar las doce tribus literales. Dios colocó a Israel en el centro estratégico de tres continentes —Europa, Asia y África— para que los viajeros que pasaran por esa región conocieran el evangelio y regresaran a sus países llevando consigo la luz de la verdad.
El evangelio les fue presentado a los israelitas a través de tipos y símbolos que ilustraban todos los aspectos de la obra redentora del Mesías venidero. Sin embargo, el Israel nacional fracasó en su misión. Antes del cautiverio babilónico adoptaron las prácticas paganas de las naciones circundantes, y después del cautiverio se aislaron de ellas.
Cuando Israel nacional no cumplió su propósito, Jesús vino de todas maneras y cumplió en su propia persona los tipos y símbolos que apuntaban al plan de redención. Jesús repitió la historia de Israel y la redimió en sí mismo. Luego escogió a doce hombres judíos como los fundadores de la iglesia cristiana, enviándolos a predicar las buenas nuevas del Mesías ya venido. Por medio de su ministerio y enseñanza, estos doce se multiplicaron y formaron una gran nación espiritual (Mateo 21:43), con la misión de alcanzar al mundo entero con el evangelio de Jesús, preparando a todos para su segunda venida.
El propósito de Dios para Israel y para la iglesia es exactamente el mismo: llevar el conocimiento de Cristo a todas las naciones de la tierra. Apocalipsis 12 deja en claro que Dios tiene un solo Israel —representado por la mujer— que existe en dos etapas: el Antiguo y el Nuevo Testamento.
Diversos métodos para estudiar la función y el fracaso de Israel
- Las tres etapas de la historia de Israel y las setenta semanas.
- Israel y la higuera.
- La historia de Isaac e Ismael (Gálatas 4:21-31).
- Las profecías de reunión y dispersión.
- El trasfondo de Génesis 32.
- La conversión de Pablo y la unidad del pueblo de Dios.
- La unión de judíos y gentiles en un solo pueblo a partir del año 34 d.C.
Un solo pueblo en toda la historia
El mensaje bíblico enseña la existencia de un solo pueblo de Dios:
- Un solo rebaño (Juan 10:16; 11:51-52).
- Un solo Israel (Romanos 2:28-29; 9:6-8; Gálatas 3:16, 27-29).
- Un solo cuerpo (Efesios 2:13-18; 1 Corintios 12:13).
- Una sola ciudad (Apocalipsis 21:2, 12-14).
- Una sola mujer (Apocalipsis 12:1-6).
- Un solo árbol (Romanos 11:17-26).
- Una sola mesa (Mateo 8:11-12).
- Un solo templo (Efesios 2:19-22).
- Un solo himno (Apocalipsis 15:3-4).
- Una sola familia con un solo Padre (Juan 1:12-13; Hebreos 2:11-18).
- Un solo pectoral, símbolo de representación espiritual (Éxodo 28:15-30).
Cuando Jesús escogió a doce apóstoles, estaba señalando la continuidad del Israel espiritual a través del tiempo. Así como hubo doce patriarcas en el Antiguo Testamento, ahora había doce apóstoles en el Nuevo, demostrando que el plan divino continuaba en una línea ininterrumpida. El pueblo de Dios, en esencia, siempre ha sido uno: el que guarda los mandamientos de Dios y tiene la fe de Jesús.
Dios fue fiel al rechazar al Israel nacional
Ellen G. White escribió con claridad sobre la Jerusalén literal y la antigua “tierra santa”. Explicó que los cristianos no deben buscar santidad en los lugares donde Jesús anduvo hace tantos siglos, sino en seguir sus pasos en el amor y la obediencia. Cristo ya no habita en templos hechos por manos humanas, sino en el corazón de sus fieles.
“No procure regresar a la tierra donde anduvieron los pies de Jesús hace tanto tiempo... Cristo ha ingresado a su pueblo, a su iglesia... La maldición reposa sobre Jerusalén... Muchos reverencian objetos literales en Palestina, mientras descuidan el deber de contemplar a Jesús como su abogado en el cielo de los cielos.” (The Review and Herald, 25 de febrero de 1896).
La autora también advirtió:
“La vieja Jerusalén nunca será un lugar sagrado hasta que sea purgada por el fuego refinador del cielo... Queremos andar en los pasos de Jesús: los hallaremos al confortar al sufriente, al socorrer al pobre y al angustiado...” (Review and Herald, 9 de junio de 1896).
Dios fue fiel incluso al rechazar al Israel nacional. Su fidelidad no cambia, pero su pacto se mantiene solo con quienes son fieles a Él. Israel como nación perdió su posición de privilegio, no porque Dios cambiara, sino porque el pueblo rechazó su misión y su Mesías.
La fidelidad divina se trasladó al Israel espiritual, a aquellos que creen en Cristo y aceptan su justicia. Así, los verdaderos herederos de las promesas no son los descendientes según la carne, sino los que, por la fe, son hijos de Abraham.
Segunda Sección – Las tres etapas en la historia de Israel
Primera etapa: del Sinaí al cautiverio (1445 a.C.)
La primera etapa del Israel literal comienza con el pacto que Dios estableció en el monte Sinaí (Éxodo 19:1-6). Israel respondió afirmativamente:
“Todo lo que Jehová ha dicho haremos” (Éxodo 19:7-8).
Este fue el momento en que el pueblo de Dios fue constituido como nación teocrática. El pacto fue sellado con sangre, y la gloria del Señor llenó el tabernáculo:
“Entonces una nube cubrió el tabernáculo de reunión, y la gloria de Jehová llenó el tabernáculo” (Éxodo 40:34).
Más adelante, durante el reinado de Salomón, se construyó el templo de Jerusalén. Cuando el rey terminó de orar, la gloria de Jehová llenó la casa (1 Reyes 8:10-11). Dios estaba presente entre su pueblo.
Sin embargo, con el paso de los siglos, Israel cayó en repetidas rebeliones y abominaciones. La historia bíblica muestra un ciclo constante de apostasía, llamado al arrepentimiento y nueva caída. Los profetas enviados por Dios fueron despreciados, perseguidos y, en muchos casos, asesinados.
Ezequiel 8 describe las terribles abominaciones que se cometían en el templo. Los líderes del pueblo practicaban idolatría en secreto, y los hombres se postraban ante el sol. Esta abominación fue la culminación del rechazo de Israel hacia su Dios. Como resultado, la gloria divina —la Shekinah— se apartó del santuario.
Ezequiel 10 y 11 narran ese proceso doloroso: primero, la gloria del Señor se alzó del querubín y se detuvo en el umbral del templo; luego se elevó sobre la ciudad y finalmente se detuvo sobre el monte de los Olivos, antes de retirarse completamente.
Esa imagen profética simboliza el retiro progresivo de la presencia divina. Dios no abandonó a su pueblo de un momento a otro; su retirada fue gradual, como esperando una última oportunidad de arrepentimiento. Pero al persistir en su rebelión, la gloria los dejó. La ciudad y el templo quedaron vacíos, desprovistos de la presencia que les daba sentido.
La primera etapa, entonces, se caracteriza por el establecimiento del pacto, la presencia visible de la gloria de Dios y, finalmente, la apostasía que condujo al cautiverio babilónico.
Segunda etapa: el regreso del exilio y las setenta semanas
Después de setenta años de cautiverio en Babilonia, el Señor movió el corazón de Ciro, rey de Persia, para que permitiera el retorno de los judíos y la reconstrucción de su templo:
“Así ha dicho Ciro, rey de Persia: Jehová, el Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra, y me ha mandado que le edifique casa en Jerusalén” (2 Crónicas 36:22-23).
Este decreto marcó el inicio de una nueva oportunidad para Israel. El templo fue reconstruido bajo la dirección de Zorobabel, y más tarde, Esdras y Nehemías trabajaron en la restauración espiritual y moral del pueblo. Sin embargo, la gloria divina no regresó al nuevo templo:
“¿Quién ha quedado entre vosotros que haya visto esta casa en su primera gloria? ¿Y cómo la veis ahora? ¿No es ella como nada delante de vuestros ojos?” (Ageo 2:2-3).
A pesar de su humildad arquitectónica, el profeta Ageo anunció una promesa extraordinaria:
“Mía es la plata, y mío es el oro, dice Jehová de los ejércitos. La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera, ha dicho Jehová de los ejércitos; y daré paz en este lugar, dice Jehová de los ejércitos” (Ageo 2:8-9).
Esta profecía no se refería a una gloria material, sino espiritual. La presencia de Cristo mismo —la encarnación de la Deidad— llenaría aquel templo con una gloria mayor que la de Salomón. Juan 1:14 declara:
“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.”
La gloria de Dios volvió, no en una nube, sino en la persona de Jesús. A través de Él, Dios caminó nuevamente entre los hombres.
Sin embargo, la nación no comprendió este privilegio. Los líderes religiosos, aferrados a sus tradiciones y expectativas políticas, no reconocieron al Mesías. La misma ceguera espiritual que había llevado a sus antepasados al cautiverio ahora los llevó a rechazar al Salvador.
Aun así, el plan de Dios avanzaba. Cristo, la Shekinah encarnada, visitó su templo (Malaquías 3:1) y proclamó el evangelio. Pero su mensaje fue recibido con indiferencia y oposición. En sus últimos días, Jesús lloró sobre Jerusalén, diciendo:
“¡Oh Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste! He aquí vuestra casa os es dejada desierta” (Mateo 23:37-38).
Con esas palabras, el Maestro declaró solemnemente que el templo había dejado de ser la morada de la gloria divina. Como en los días de Ezequiel, la presencia de Dios se apartaba una vez más.
Tercera etapa: el Mesías y la última semana profética
El ministerio de Cristo representó la culminación de la segunda etapa y el inicio de la tercera. Durante tres años y medio, Jesús predicó, sanó y manifestó el carácter del Padre ante Israel. Fue el cumplimiento vivo de la profecía de Daniel 9:24-27, que señalaba setenta semanas de oportunidad para la nación.
La última de esas semanas —los siete años finales— estaba dividida en dos mitades. En la primera mitad, el Mesías confirmaría el pacto; en la mitad de la semana sería “quitado el continuo sacrificio”, al morir en la cruz, haciendo cesar el sistema ceremonial (Daniel 9:27).
Jesús, el verdadero Cordero, ofreció su vida en sustitución del pecador. Con su sacrificio, el velo del templo se rasgó de arriba abajo, mostrando que el sistema de tipos y sombras había terminado. El santuario terrenal había cumplido su función.
Los tres años y medio posteriores fueron dedicados al ministerio de los apóstoles, quienes, con poder, predicaron a Cristo resucitado al pueblo judío. En Hechos 7, Esteban —el primer mártir cristiano— pronunció un discurso que resumía la historia de Israel, denunciando su resistencia al Espíritu Santo. Al ser apedreado, la nación selló su rechazo final al evangelio.
Ese evento, en el año 34 d.C., marcó el fin de las setenta semanas proféticas y el comienzo de la proclamación del evangelio a los gentiles. Desde entonces, el Israel espiritual —la iglesia de Cristo— se convirtió en el depositario de las promesas divinas.
La nación teocrática de Israel había cumplido su papel histórico. Ahora, el pueblo de Dios ya no sería definido por sangre ni geografía, sino por fe en el Mesías. Como dice Pablo:
“No es judío el que lo es exteriormente, ni es circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra” (Romanos 2:28-29).
Resumen de las tres etapas
Primera etapa (1445–586 a.C.):
El pacto del Sinaí, la presencia de la gloria divina en el santuario, y finalmente la apostasía que culminó con el cautiverio babilónico.
Segunda etapa (536 a.C.–27 d.C.):
El retorno del exilio, la reconstrucción del templo sin la gloria divina, y la llegada del Mesías como cumplimiento de las profecías.
Tercera etapa (27–34 d.C.):
El ministerio de Cristo, su sacrificio expiatorio, el rechazo de la nación y el traslado del privilegio espiritual a la iglesia cristiana.
Así se cumplió el propósito de Dios: preservar su verdad y su plan de redención, no en una nación terrenal, sino en un pueblo espiritual que le sirviera con sinceridad y fidelidad.
El Israel de Dios continuó existiendo, no como una etnia, sino como una comunidad universal de creyentes redimidos, guiados por el mismo Espíritu que obró en los patriarcas y profetas del pasado.
Tercera Sección – Las parábolas proféticas y el juicio investigador
La parábola del gran banquete y el juicio investigador
Jesús ilustró en Mateo 22:1-14 la historia de Israel y la obra del juicio investigador mediante la parábola de las bodas del hijo del rey. En esta parábola, el Rey representa al Padre celestial, el Hijo simboliza a Cristo, y la cena de bodas representa la unión entre Cristo y su iglesia.
Los primeros invitados a las bodas fueron los judíos, quienes recibieron la invitación mediante los profetas. Sin embargo, rechazaron el llamado y persiguieron a los mensajeros. Por ello, el Rey se airó y envió sus ejércitos para destruir a aquellos homicidas y quemar su ciudad (Mateo 22:7). Este versículo se cumplió literalmente en el año 70 d.C., cuando Jerusalén fue destruida por los romanos.
Luego, el Rey ordena que se invite a todos los que se hallen en los caminos, tanto malos como buenos, simbolizando la proclamación del evangelio a los gentiles (Mateo 22:9-10). Así, la invitación fue extendida universalmente. Sin embargo, la parábola no termina allí: el Rey entra a ver a los convidados, y descubre a uno que no lleva puesto el vestido de bodas.
Este momento es de suma importancia profética, pues el hecho de que el Rey entre “a ver” a los invitados simboliza la obra del juicio investigador. Es un examen previo a la segunda venida, en el cual se determina quiénes, entre los que profesan haber aceptado la invitación del evangelio, están verdaderamente revestidos con la justicia de Cristo.
El vestido de bodas representa el carácter puro del Redentor, su justicia imputada y comunicada al creyente. Aquel hombre que no tenía el vestido fue echado fuera a las tinieblas de afuera (Mateo 22:13), representando a los falsos profesos que no permitieron que la gracia transformara su vida.
Ellen G. White comenta sobre este solemne momento:
“Antes de que esto pueda cumplirse deben examinarse los registros para determinar quiénes son los que, por su arrepentimiento del pecado y su fe en Cristo, tienen derecho a los beneficios de la expiación cumplida por Él.”
(El Conflicto de los Siglos, p. 416).
De este modo, la parábola de las bodas muestra en forma simbólica la secuencia del plan de salvación: el rechazo de Israel, la extensión del evangelio a los gentiles y la obra del juicio previo a la segunda venida.
Jesús también enseñó este principio en Lucas 12:35-37:
“Estén ceñidos vuestros lomos, y vuestras lámparas encendidas; y vosotros sed semejantes a hombres que aguardan a que su señor regrese de las bodas, para que cuando llegue y llame, le abran en seguida.”
Esta declaración indica que cuando Cristo regrese, la boda ya habrá tenido lugar. La unión entre el Hijo y su pueblo —la iglesia triunfante— se habrá consumado en el cielo. Cuando Jesús vuelva, traerá consigo su galardón, recompensando a cada uno según haya sido su obra (Apocalipsis 22:12).
Por lo tanto, la parábola de las bodas no solo revela la historia del rechazo de Israel, sino también la solemne realidad del juicio celestial que determina quiénes estarán listos para participar del banquete eterno.
La parábola de la higuera: símbolo del Israel literal
La parábola de la higuera, mencionada en Mateo 24:32-35, ha sido objeto de gran interpretación profética. Jesús dijo:
“De la higuera aprended la parábola: cuando ya su rama se enternece y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca. Así también vosotros, cuando veáis todas estas cosas, conoced que está cerca, a las puertas.”
Muchos intérpretes modernos sostienen que el retoñar de la higuera representa la restauración de la nación de Israel en 1948. Según esta interpretación, el establecimiento del Estado de Israel sería el cumplimiento literal de la parábola, indicando que la generación que vio aquel evento no pasará hasta que todo se cumpla.
Sin embargo, esta aplicación contradice la interpretación bíblica del simbolismo de la higuera. En las Escrituras, la higuera ha sido consistentemente usada como símbolo del Israel literal —la nación judía—. Juan el Bautista, en Mateo 3:8-10, utilizó la imagen del árbol para advertir al pueblo:
“Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento… y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego.”
Jesús, en Lucas 13:6-9, contó otra parábola sobre una higuera estéril que había estado tres años sin dar fruto. El dueño del huerto quiso cortarla, pero el viñador pidió un año más para cavar a su alrededor y abonarla, con la esperanza de que diera fruto. Si no lo hacía, entonces sería cortada.
Esta parábola representaba claramente a la nación judía durante el ministerio de Cristo. Los tres años simbolizaban los tres años y medio del ministerio del Salvador, en los cuales Él buscó fruto —obediencia, arrepentimiento y fe— sin hallarlo. La súplica del viñador reflejaba la intercesión de Cristo, quien retrasó el juicio para darles una última oportunidad.
Finalmente, en Mateo 21:18-19, la higuera es maldecida:
“Por la mañana, volviendo a la ciudad, tuvo hambre. Y viendo una higuera cerca del camino, vino a ella, y no halló nada en ella, sino hojas solamente; y le dijo: Nunca jamás nazca de ti fruto. Y luego se secó la higuera.”
Este acto simbólico fue una parábola en acción. La higuera frondosa, llena de hojas pero sin fruto, representaba a Israel: una nación orgullosa de su religión, de su templo y de sus ceremonias, pero vacía de justicia, misericordia y fe.
El hecho de que la higuera se secara “desde las raíces” (Marcos 11:20) tiene un significado profundo: un árbol que muere desde las raíces no puede volver a brotar. Así como la maldición sobre la higuera era irreversible, también lo fue el rechazo final de la nación teocrática de Israel. Su oportunidad había terminado.
Por tanto, no puede sostenerse que el retoñar de la higuera en Mateo 24 simbolice una restauración política de Israel. La higuera maldita no podía renacer. La interpretación literalista de 1948 carece de base bíblica.
El Israel moderno, como nación, no representa al Israel de Dios. En la era cristiana, el verdadero Israel está compuesto por todos aquellos —judíos o gentiles— que creen en Cristo y guardan los mandamientos de Dios. Pablo lo resume claramente:
“Si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa” (Gálatas 3:29).
El Israel moderno y la falsa restauración
En los últimos tiempos, muchos movimientos cristianos han promovido la idea de que la restauración de la nación de Israel es el cumplimiento de las profecías del fin. Se considera que Jerusalén moderna será el centro de los eventos apocalípticos y que el templo será reconstruido antes del regreso de Cristo.
No obstante, esta enseñanza desvía la atención del verdadero Israel espiritual. Jesús y los apóstoles nunca hablaron de una restauración política o nacional del Israel literal. Más bien, todas las profecías apuntan a una restauración espiritual, al establecimiento del reino de Dios en los corazones de los hombres.
Cristo mismo dijo:
“Mi reino no es de este mundo” (Juan 18:36).
Y el apóstol Pablo explicó que el verdadero templo de Dios no es hecho de piedra, sino de creyentes:
“¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1 Corintios 3:16).
Así, la esperanza cristiana no está en una capital terrenal, sino en la Jerusalén celestial:
“Vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido” (Apocalipsis 21:2).
El moderno sionismo religioso, que exalta la nación de Israel como el eje del plan divino, constituye una desviación del verdadero mensaje profético. La atención debe dirigirse no hacia la restauración de un antiguo templo, sino hacia la preparación de un pueblo espiritual que refleje el carácter de Cristo y esté listo para recibirlo en gloria.
El Israel de Dios y la misión final
Dios siempre ha tenido un solo pueblo, definido no por raza ni por territorio, sino por fe y obediencia. Desde Abraham hasta la iglesia del tiempo del fin, el propósito ha sido el mismo: ser luz para las naciones y anunciar la salvación en Cristo.
El Israel literal fue el depositario original de este plan, pero al rechazarlo, su misión fue transferida al Israel espiritual —la iglesia—. Este pueblo, compuesto por creyentes de toda nación, lengua y pueblo, lleva ahora el mensaje final al mundo: el evangelio eterno y el llamado a adorar al Creador.
El Israel de Dios es, en definitiva, un pueblo global, espiritual y profético, que guarda los mandamientos de Dios y tiene la fe de Jesús (Apocalipsis 14:12). Su historia es la historia de la fidelidad divina y de la responsabilidad humana; una historia que culminará cuando los redimidos canten el cántico de Moisés y del Cordero en la Nueva Jerusalén, donde finalmente se consumará el plan de salvación.
Cuarta Sección – Los 15 principios proféticos sobre Israel y su misión
Introducción a los principios
A lo largo de la historia bíblica, Dios ha revelado verdades profundas acerca de su pueblo, Israel, y de la misión que este debía cumplir en el plan de redención. Comprender estos principios permite discernir la continuidad entre el Israel literal del Antiguo Testamento y el Israel espiritual del Nuevo.
A continuación se presentan quince principios fundamentales que describen el propósito, las etapas, los símbolos y las implicaciones proféticas del Israel de Dios a lo largo de toda la historia sagrada.
1. El Israel literal fue elegido con un propósito universal
Dios escogió a Israel no por favoritismo, sino como instrumento para bendecir a todas las naciones de la tierra (Génesis 12:1-3). La elección de Abraham y su descendencia implicaba una responsabilidad misionera: reflejar el carácter de Dios ante el mundo. Israel fue llamado a ser un reino de sacerdotes y una nación santa (Éxodo 19:5-6), para atraer a las naciones hacia el conocimiento del Creador.
Este principio subraya que la elección divina siempre tiene un propósito redentor, no una exclusión. Israel debía ser un canal de luz, no un círculo de privilegio cerrado.
2. El Israel literal fracasó en su misión espiritual
A pesar de su vocación sagrada, Israel adoptó las prácticas idolátricas de las naciones vecinas, cayendo en repetida apostasía. Los profetas fueron enviados una y otra vez para llamarlos al arrepentimiento, pero el pueblo persistió en su rebelión.
Antes del cautiverio babilónico, el pecado principal fue la idolatría abierta; después del exilio, el problema se transformó en formalismo religioso y autosuficiencia espiritual. Ambos extremos alejaron al pueblo del verdadero propósito divino.
3. Jesús cumplió el propósito de Israel en su propia vida
Cuando el Israel nacional falló, Cristo mismo vino a cumplir en su persona todo lo que Israel debía haber sido. Él fue el verdadero “siervo de Jehová” anunciado por Isaías, el Hijo llamado de Egipto (Oseas 11:1; Mateo 2:15), y la vid verdadera (Juan 15:1), en contraste con la vid degenerada de Israel (Isaías 5:1-7).
Jesús revivió la historia del pueblo: pasó por el desierto, fue probado, obedeció y reflejó perfectamente el carácter del Padre. En Él, el propósito de Israel encontró su cumplimiento y su redención.
4. Los doce apóstoles representan las doce tribus del nuevo Israel
Cristo escogió a doce hombres judíos para ser los fundadores del nuevo Israel espiritual, así como las doce tribus fueron los fundadores del Israel literal. Esta correspondencia no es casual: muestra la continuidad del plan divino.
Los apóstoles, enviados a todas las naciones, expandieron el mensaje del Mesías, cumpliendo el mandato de llevar el evangelio hasta lo último de la tierra (Hechos 1:8).
En Apocalipsis 21:12-14, la Nueva Jerusalén tiene doce puertas con los nombres de las tribus de Israel y doce fundamentos con los nombres de los apóstoles, simbolizando la unidad entre ambos períodos del pueblo de Dios.
5. La misión de Israel y de la iglesia es la misma
El propósito de Dios no cambió al pasar del Israel literal a la iglesia cristiana. En ambos casos, la misión es anunciar su verdad al mundo, revelar su carácter y preparar a la humanidad para la redención.
El mensaje confiado al Israel espiritual es el evangelio eterno (Apocalipsis 14:6-12), que llama a todas las naciones a temer a Dios, darle gloria y adorar al Creador. Así como Israel fue llamado a guardar los mandamientos, la iglesia del tiempo del fin es descrita como aquel pueblo “que guarda los mandamientos de Dios y tiene la fe de Jesús” (Apocalipsis 14:12).
6. El Israel espiritual es la continuación, no la sustitución, del Israel literal
El concepto bíblico no enseña una sustitución arbitraria, sino una continuidad en base a la fidelidad. El pueblo de Dios no cambia de propósito, sino de forma. La promesa se mantiene viva en aquellos que aceptan a Cristo, sin distinción de linaje.
Pablo explica: “No todos los que descienden de Israel son israelitas” (Romanos 9:6). Solo los que creen, como Abraham creyó, son contados por descendencia (Gálatas 3:7-9). De esta manera, el plan divino sigue su curso, ahora manifestado en el cuerpo espiritual de Cristo, la iglesia.
7. Jerusalén literal perdió su santidad cuando la gloria se apartó
La santidad de Jerusalén no dependía de su ubicación, sino de la presencia de Dios. Cuando la gloria —la Shekinah— se apartó del templo debido al pecado, el lugar perdió su carácter sagrado.
Ezequiel 10 y 11 narran el retiro progresivo de la gloria divina: primero del templo, luego de la ciudad, y finalmente hacia el monte de los Olivos. Este mismo patrón se repitió en los días de Jesús. Cuando el pueblo rechazó al Mesías, la gloria encarnada se apartó nuevamente.
Ellen G. White escribió que la antigua Jerusalén nunca volverá a ser un lugar sagrado hasta ser purificada por el fuego del juicio. Cristo ya no mora en templos terrenales, sino en el corazón de los creyentes.
8. Las tres etapas de la historia de Israel reflejan el plan de redención
El Israel literal pasó por tres grandes etapas:
- Del Sinaí al cautiverio: pacto, gloria y apostasía.
- Del retorno del exilio a la venida del Mesías: reconstrucción sin gloria visible, y el anuncio de la gloria postrera.
- El ministerio de Cristo y el fin de las setenta semanas: confirmación del pacto, rechazo del Mesías y transferencia del evangelio a los gentiles.
Cada etapa revela el principio de que los privilegios conllevan responsabilidad. Cuando una generación rechaza la luz, Dios levanta a otro instrumento para cumplir su propósito.
9. El rechazo de Israel fue la confirmación de la fidelidad divina
Dios no cambió ni falló al rechazar al Israel nacional. Por el contrario, al hacerlo mostró su fidelidad a sus propios principios. La salvación no se basa en el linaje, sino en la obediencia de la fe.
Cuando Israel perdió su misión, Dios la entregó a quienes producirían los frutos del reino (Mateo 21:43). Así, su justicia permaneció intacta y su propósito redentor siguió adelante.
10. La parábola de las bodas ilustra el juicio previo a la segunda venida
En Mateo 22, el Rey que examina a los invitados antes del banquete simboliza la obra del juicio investigador. Este proceso, realizado en el cielo antes del regreso de Cristo, determina quiénes, entre los que profesan fe, están verdaderamente revestidos con el vestido de la justicia divina.
Este juicio no condena a los fieles, sino que los vindica. Al final de esta obra, Cristo regresará con su galardón para recompensar a cada uno según sus obras (Apocalipsis 22:12).
11. La parábola de la higuera no predice una restauración política
La higuera maldecida por Jesús representaba a la nación de Israel: mucha apariencia religiosa, pero sin fruto espiritual. Al secarse “desde las raíces”, el símbolo indicaba un final irreversible.
Por tanto, la parábola de la higuera en Mateo 24 no puede referirse al renacimiento político de Israel en 1948. Esa interpretación carece de fundamento bíblico. El verdadero retoñar de la higuera representa el renacer espiritual del pueblo de Dios, que florece en fidelidad y fe antes del fin.
12. El Israel moderno no es el centro del cumplimiento profético
Aunque muchos movimientos religiosos afirman que la restauración moderna de Israel tiene relevancia profética, las Escrituras enseñan que el foco del plan divino ya no está en una nación terrenal, sino en un pueblo espiritual.
El verdadero templo no será reconstruido en Jerusalén, porque el santuario celestial y los corazones de los creyentes son ahora la morada de Dios (1 Corintios 3:16-17). La esperanza cristiana está puesta en la Nueva Jerusalén, no en la ciudad terrenal.
13. El Israel de Dios guarda los mandamientos y tiene la fe de Jesús
El pueblo fiel del tiempo del fin es descrito como aquel que guarda los mandamientos de Dios y tiene la fe de Jesús (Apocalipsis 14:12). Este pueblo —el Israel espiritual— será el último testigo de la verdad divina en un mundo sumido en la apostasía.
Su misión es proclamar el mensaje de los tres ángeles, llamando al mundo a adorar al Creador y prepararse para el juicio final.
14. La historia de Israel se repite en la iglesia del tiempo del fin
Los errores cometidos por el Israel antiguo —formalismo, incredulidad, rechazo de la verdad y persecución de los mensajeros de Dios— se repetirán en el Israel moderno espiritual. La iglesia es hoy probada del mismo modo que lo fue la nación elegida en el pasado.
El propósito divino es purificar a su pueblo mediante pruebas, para que al final surja una generación que refleje plenamente el carácter de Cristo, los 144.000 sellados que siguen al Cordero por dondequiera que va (Apocalipsis 14:1-5).
15. El Israel de Dios culminará su misión en la eternidad
El plan de Dios para Israel —literal y espiritual— se cumple finalmente en la eternidad. En la Nueva Jerusalén, los redimidos de todas las épocas se unirán en una sola familia, bajo un solo Rey.
La ciudad tendrá doce puertas con los nombres de las tribus de Israel y doce fundamentos con los nombres de los apóstoles, recordando para siempre la unidad del pueblo de Dios a través del tiempo.
Allí, el Israel de Dios cantará el cántico de Moisés y del Cordero (Apocalipsis 15:3-4), testificando que la fidelidad del Señor ha perdurado a lo largo de toda la historia. No habrá más división entre judíos y gentiles, porque todos serán uno en Cristo Jesús (Gálatas 3:28-29).
Conclusión general
La historia de Israel —en sus tres etapas, sus símbolos, sus profecías y su cumplimiento en Cristo— constituye un espejo del plan de redención. Muestra que la fidelidad divina trasciende los fracasos humanos y que el propósito de Dios siempre se cumple, aunque los instrumentos cambien.
El Israel literal fue la figura; el Israel espiritual, la realidad. Y ambos convergen en un solo propósito eterno: revelar al universo el amor, la justicia y la gloria de Dios.
Hoy, el Israel de Dios sigue existiendo: es el pueblo que guarda los mandamientos de Dios, tiene la fe de Jesús y proclama el evangelio eterno en toda nación, tribu, lengua y pueblo. Su destino final no está en una tierra terrenal, sino en la ciudad celestial, donde Dios morará para siempre con los suyos y su misión se habrá completado para gloria eterna de su nombre.
Este contenido ha sido desarrollado a partir del tema 10 del libro “15 Principios de Interpretación Profética Vol1” del Pr. Esteban Bohr.
Recopilación y edición: Augusto E.V.
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