Capacitación Ganando almas para Cristo – Modulo 2: Secretos para el crecimiento explosivo de la iglesia
Secretos para el crecimiento explosivo de la iglesia
Cuando uno observa la historia de la iglesia primitiva, surge una pregunta inevitable: ¿cómo fue posible que en tan solo unas décadas el evangelio se expandiera desde Jerusalén hasta Etiopía, España, la India, China e incluso Japón? ¿Qué hizo que un grupo pequeño, perseguido y sin recursos conquistara el corazón del mundo antiguo en tan poco tiempo?
El contexto en el que nació el cristianismo no fue fácil. El líder de aquel movimiento, Jesucristo, había sido crucificado. Los primeros discípulos vivían rodeados de un mundo hostil, inmoral, secular, amante del dinero y del placer. La persecución era real y la oposición parecía insuperable. Sin embargo, nada de esto detuvo a la iglesia. En menos de 50 años, Pablo podía afirmar que el evangelio había sido anunciado a todas las naciones. La pregunta es inevitable: ¿Qué secretos hicieron posible semejante crecimiento?
Hoy, muchos cristianos buscan excusas: que la sociedad moderna es más secular, que la gente ya no escucha, que el terreno es difícil. Pero la verdad es que los primeros cristianos enfrentaron un mundo mucho más adverso, y aun así triunfaron. La diferencia estuvo en los principios que adoptaron y que les dieron poder. Si los seguimos hoy, también veremos un crecimiento explosivo.
A continuación, exploramos los seis secretos que hicieron poderosa a la iglesia primitiva y que pueden transformar cualquier congregación en nuestros días.
Una iglesia que ora
El primer secreto es la oración. La iglesia primitiva entendió, a partir de sus propias derrotas, que sin oración no hay victoria. Cuando Jesús estaba en Getsemaní, sus discípulos no pudieron velar con Él; se durmieron y fueron vencidos por las tinieblas. Pero después de la resurrección, comprendieron la importancia de orar.
El libro de Hechos describe a una iglesia que perseveraba en oración, que intercedía hasta ver respuestas, que luchaba con Dios como lo hizo cuando Pedro estaba en la cárcel. Esa iglesia oraba hasta que el cielo se movía. Tanto fue así que, después de sus oraciones, los lugares donde se reunían temblaban y eran todos llenos del Espíritu Santo.
Hoy tratamos de reemplazar la oración con programas, técnicas o entretenimiento. Pero nada sustituye el poder que proviene de arrodillarnos delante de Dios. Una iglesia que ora es fuerte; una iglesia que no ora es débil. Si queremos ver milagros, conversiones y vidas transformadas, necesitamos recuperar la disciplina de la oración ferviente, tanto en el hogar como en la congregación.
Cuando uno observa la historia de la iglesia primitiva, surge una pregunta inevitable: ¿cómo fue posible que en tan solo unas décadas el evangelio se expandiera desde Jerusalén hasta Etiopía, España, la India, China e incluso Japón? ¿Qué hizo que un grupo pequeño, perseguido y sin recursos conquistara el corazón del mundo antiguo en tan poco tiempo?
El contexto en el que nació el cristianismo no fue fácil. El líder de aquel movimiento, Jesucristo, había sido crucificado. Los primeros discípulos vivían rodeados de un mundo hostil, inmoral, secular, amante del dinero y del placer. La persecución era real y la oposición parecía insuperable. Sin embargo, nada de esto detuvo a la iglesia. En menos de 50 años, Pablo podía afirmar que el evangelio había sido anunciado a todas las naciones. La pregunta es inevitable: ¿Qué secretos hicieron posible semejante crecimiento?
Hoy, muchos cristianos buscan excusas: que la sociedad moderna es más secular, que la gente ya no escucha, que el terreno es difícil. Pero la verdad es que los primeros cristianos enfrentaron un mundo mucho más adverso, y aun así triunfaron. La diferencia estuvo en los principios que adoptaron y que les dieron poder. Si los seguimos hoy, también veremos un crecimiento explosivo.
A continuación, exploramos los seis secretos que hicieron poderosa a la iglesia primitiva y que pueden transformar cualquier congregación en nuestros días.
Una iglesia que ora
El primer secreto es la oración. La iglesia primitiva entendió, a partir de sus propias derrotas, que sin oración no hay victoria. Cuando Jesús estaba en Getsemaní, sus discípulos no pudieron velar con Él; se durmieron y fueron vencidos por las tinieblas. Pero después de la resurrección, comprendieron la importancia de orar.
El libro de Hechos describe a una iglesia que perseveraba en oración, que intercedía hasta ver respuestas, que luchaba con Dios como lo hizo cuando Pedro estaba en la cárcel. Esa iglesia oraba hasta que el cielo se movía. Tanto fue así que, después de sus oraciones, los lugares donde se reunían temblaban y eran todos llenos del Espíritu Santo.
Hoy tratamos de reemplazar la oración con programas, técnicas o entretenimiento. Pero nada sustituye el poder que proviene de arrodillarnos delante de Dios. Una iglesia que ora es fuerte; una iglesia que no ora es débil. Si queremos ver milagros, conversiones y vidas transformadas, necesitamos recuperar la disciplina de la oración ferviente, tanto en el hogar como en la congregación.
Una iglesia unida
El segundo secreto es la unidad. Durante el ministerio terrenal de Jesús, los discípulos muchas veces estuvieron divididos, discutiendo por posiciones y celos. Esa desunión debilitó su testimonio. Pero después de diez días de oración unánime en el aposento alto, sus prioridades cambiaron. Se pidieron perdón, confesaron pecados y se reconciliaron.
Cuando llegó Pentecostés, estaban “todos unánimes en un mismo lugar”. Esa unidad fue la condición para que Dios derramara su Espíritu. La iglesia se convirtió en una familia: compartían bienes, comían juntos, oraban juntos y se amaban entrañablemente.
Dios no bendice la desunión. Allí donde hay pleitos, divisiones o indiferencia, el Espíritu no puede obrar. Pero cuando los creyentes se unen en un mismo corazón y propósito, hay poder y gracia abundante. La unión no significa uniformidad, sino comunión en el amor y en la misión.
Cuando llegó Pentecostés, estaban “todos unánimes en un mismo lugar”. Esa unidad fue la condición para que Dios derramara su Espíritu. La iglesia se convirtió en una familia: compartían bienes, comían juntos, oraban juntos y se amaban entrañablemente.
Dios no bendice la desunión. Allí donde hay pleitos, divisiones o indiferencia, el Espíritu no puede obrar. Pero cuando los creyentes se unen en un mismo corazón y propósito, hay poder y gracia abundante. La unión no significa uniformidad, sino comunión en el amor y en la misión.
Una iglesia llena del Espíritu Santo
El tercer secreto es la plenitud del Espíritu Santo. Los apóstoles sabían que sin el Espíritu no podían cumplir la misión. Fue el Espíritu quien les dio valentía, poder y dirección. Ellos no veían al Espíritu como una idea abstracta, sino como una Persona divina con la cual hablaban, consultaban y obedecían.
El Espíritu Santo fue para ellos lo que Jesús había sido mientras estaba en la tierra. Era su guía constante. Cuando oraban, el Espíritu descendía y llenaba a todos, capacitándolos para hablar con denuedo, sanar enfermos, expulsar demonios y abrir puertas donde parecía imposible.
Hoy más que nunca necesitamos esa misma plenitud. Sin el Espíritu, la iglesia se convierte en una organización seca, sin poder. Con el Espíritu, es un ejército imparable que transforma comunidades. La condición para recibirlo sigue siendo la misma: oración ferviente y unidad.
El Espíritu Santo fue para ellos lo que Jesús había sido mientras estaba en la tierra. Era su guía constante. Cuando oraban, el Espíritu descendía y llenaba a todos, capacitándolos para hablar con denuedo, sanar enfermos, expulsar demonios y abrir puertas donde parecía imposible.
Hoy más que nunca necesitamos esa misma plenitud. Sin el Espíritu, la iglesia se convierte en una organización seca, sin poder. Con el Espíritu, es un ejército imparable que transforma comunidades. La condición para recibirlo sigue siendo la misma: oración ferviente y unidad.
Una iglesia que ama
El cuarto secreto es el amor. La iglesia primitiva estaba llena del amor de Cristo, un amor que se manifestaba en tres direcciones:
- AMOR SUPREMO A DIOS, que los llevaba a obedecerle por encima de cualquier autoridad humana.
- AMOR PROFUNDO ENTRE LOS HERMANOS, que se expresaba en la comunión, en el compartir bienes, en la preocupación por los necesitados. Nadie quedaba olvidado.
- AMOR APASIONADO POR LOS PERDIDOS, que los impulsaba a arriesgar sus vidas para anunciar el evangelio.
Ese amor era práctico: alimentaban al hambriento, cuidaban al enfermo, oraban por los afligidos, acogían a los rechazados. Su fe estaba envuelta en compasión.
Hoy muchas iglesias poseen doctrinas correctas, pero carecen de amor. Sin embargo, la verdad sin amor no atrae. El mundo necesita ver en la iglesia una familia donde todos son valorados, cuidados y amados. Cuando la verdad se reviste de amor, el impacto es irresistible.
Hoy muchas iglesias poseen doctrinas correctas, pero carecen de amor. Sin embargo, la verdad sin amor no atrae. El mundo necesita ver en la iglesia una familia donde todos son valorados, cuidados y amados. Cuando la verdad se reviste de amor, el impacto es irresistible.
Una iglesia fiel y obediente
El quinto secreto es la fidelidad a la Palabra de Dios. Los apóstoles no suavizaron el mensaje para hacerlo más atractivo. Predicaban a Cristo crucificado y resucitado, aunque eso significara persecución o muerte. No adaptaron el evangelio al mundo; llamaron al mundo a salir de sus tinieblas hacia la luz.
Dios no bendice la desobediencia. La iglesia primitiva perseveraba en la doctrina de los apóstoles, en la enseñanza recibida directamente del Señor. Su fidelidad era absoluta, pero no legalista: estaba fundamentada en un amor profundo y en la convicción de que obedecer a Dios es la máxima expresión de confianza.
Hoy se corre el peligro de transformar la iglesia en un espectáculo para agradar al mundo. Pero la verdadera iglesia no existe para entretener, sino para salvar. Ser fieles a la Palabra, sin concesiones, es condición indispensable para que el Espíritu obre con poder.
Dios no bendice la desobediencia. La iglesia primitiva perseveraba en la doctrina de los apóstoles, en la enseñanza recibida directamente del Señor. Su fidelidad era absoluta, pero no legalista: estaba fundamentada en un amor profundo y en la convicción de que obedecer a Dios es la máxima expresión de confianza.
Hoy se corre el peligro de transformar la iglesia en un espectáculo para agradar al mundo. Pero la verdadera iglesia no existe para entretener, sino para salvar. Ser fieles a la Palabra, sin concesiones, es condición indispensable para que el Espíritu obre con poder.
Una iglesia de misioneros
El sexto secreto es que todos eran misioneros. No solo los apóstoles, también los diáconos, las mujeres, los jóvenes y hasta los niños. Todos participaban activamente en la misión. Donde iban, predicaban. Cada hogar, cada oficio, cada circunstancia era una oportunidad para hablar de Cristo.
La iglesia era un ejército disciplinado y comprometido. Su educación no estaba orientada a formar profesionales encerrados en títulos, sino misioneros preparados para servir. Cada creyente entendía que su vida era un campo misionero: el zapatero, el mecánico, la madre, el agricultor… todos eran testigos.
Imaginemos qué sucedería hoy si cada miembro de iglesia ganara al menos un alma al año. En pocos años, el mundo entero sería alcanzado. Cristo podría venir en nuestra generación. Pero eso solo será posible si dejamos de delegar la misión en unos pocos y la asumimos todos como estilo de vida.
La iglesia era un ejército disciplinado y comprometido. Su educación no estaba orientada a formar profesionales encerrados en títulos, sino misioneros preparados para servir. Cada creyente entendía que su vida era un campo misionero: el zapatero, el mecánico, la madre, el agricultor… todos eran testigos.
Imaginemos qué sucedería hoy si cada miembro de iglesia ganara al menos un alma al año. En pocos años, el mundo entero sería alcanzado. Cristo podría venir en nuestra generación. Pero eso solo será posible si dejamos de delegar la misión en unos pocos y la asumimos todos como estilo de vida.
Conclusión
El crecimiento explosivo de la iglesia primitiva no fue producto de estrategias humanas, sino de principios espirituales inquebrantables: oración constante, unidad fraternal, plenitud del Espíritu Santo, amor genuino, fidelidad absoluta a la Palabra y compromiso misionero de cada creyente.
No hay excusas para que la iglesia de hoy no crezca. El mundo es difícil, sí, pero no más de lo que fue para los primeros cristianos. Lo que falta no es oportunidad, sino disposición.
No hay excusas para que la iglesia de hoy no crezca. El mundo es difícil, sí, pero no más de lo que fue para los primeros cristianos. Lo que falta no es oportunidad, sino disposición.
La promesa de Dios sigue en pie: si oramos, si nos unimos, si somos llenos del Espíritu, si amamos, si somos fieles y si nos convertimos en misioneros activos, veremos otra vez el poder del evangelio transformar al mundo.
El desafío está delante de nosotros.
El Señor nos llama a ser una iglesia viva, poderosa y en movimiento. Una iglesia que, como en los días apostólicos, conquiste corazones para Cristo hasta que Él regrese.
Este contenido ha sido desarrollado a partir de la conferencia del Pr Samuel Braga (Capacitación - Día 2 Secretos para el crecimiento explosivo de la iglesia)
Recopilación y edición: Augusto E.V.
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