Cómo vencer los gigantes espirituales según la Biblia (la verdadera batalla del cristiano)
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La Biblia enseña que la vida cristiana es una batalla espiritual constante. Cada creyente enfrenta gigantes espirituales: hábitos, pecados y luchas internas que buscan dominar la vida. Sin embargo, las Escrituras también revelan que la victoria es posible mediante Cristo. En este estudio bíblico veremos qué son los gigantes espirituales según la Biblia, cómo se manifiestan en las obras de la carne y cuáles son los principios espirituales para vencer el pecado y vivir en la verdadera libertad que Dios ofrece.
Confrontando y venciendo a los gigantes espirituales
Cuando el enemigo intenta llenar el corazón de temor y de duda, procura intimidar y desanimar. Sin embargo, la fe responde de otra manera. Así ocurrió cuando el gigante expresó su arrogancia diciendo que mataría y entregaría el cuerpo de su adversario a las aves del cielo y que le cortaría la cabeza. Frente a esa amenaza, la respuesta fue una declaración de fe. De esa misma manera debemos confrontar nuestros propios gigantes.
Pero surge una pregunta importante: ¿cuáles son esos gigantes desde la perspectiva bíblica?
Los gigantes según la Biblia: las obras de la carne
La Escritura nos dirige al libro de Gálatas capítulo 5, versículos 19 al 20, donde se nos dice:
“Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios”.
Aquí encontramos una lista que no pretende ser exhaustiva, pero que describe claramente las obras que produce la naturaleza humana caída. Son atributos que controlan la carne, es decir, el ser humano natural. Ese ser humano produce frutos, y esos frutos son precisamente los gigantes que debemos confrontar y derrotar.
El llamado a vivir como hijos de luz
El apóstol Pablo vuelve a insistir en este tema en Efesios capítulo 5, versículos 1 al 12. Allí leemos:
“Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y andad en amor, como también Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante. Pero fornicación y toda inmundicia o avaricia ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos; ni palabras deshonestas, ni necedades, ni truhanerías, que no convienen, sino antes bien acciones de gracias. Porque sabéis esto: que ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios. Nadie os engañe con palabras vanas, porque por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia. No seáis, pues, partícipes con ellos. Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz. Porque el fruto del Espíritu es en toda bondad, justicia y verdad, comprobando lo que es agradable al Señor. Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas; porque vergonzoso es aun hablar de lo que ellos hacen en secreto”.
Este pasaje vuelve a presentar aquello que no debe caracterizar la vida del hijo de Dios. No podemos vivir en mentira, en envidia, en pleitos, en inmundicia ni en pecados sexuales. Tampoco en orgullo ni en ninguna de esas prácticas.
Sin embargo, esas cosas son precisamente lo que naturalmente produce nuestra naturaleza caída.
El Señor desea que abandonemos esa vida. Incluso dice que ni siquiera debemos mencionar lo que se hace en secreto. No debemos participar de tales cosas.
Tristemente, hoy vivimos en una época en la que los pecados del mundo ya no se esconden. Todo se publica en internet, en redes sociales como Facebook o TikTok, y se exhibe abiertamente en películas y entretenimiento. Los pecados más degenerados se presentan públicamente. Hemos llegado a una época en que lo malo se llama bueno y lo bueno se llama malo.
Por eso los hijos de Dios deben cuidarse, porque lo que vemos externamente tiene un eco en el interior del corazón. Nuestra naturaleza caída nos atrae hacia lo malo.
Qué es realmente un “gigante”
Podemos definir claramente qué es un gigante espiritual:
Los gigantes son los hábitos y prácticas que están en contra de la voluntad de Dios.
Todo aquello que se opone a la voluntad divina debe ser derrotado y vencido. Por eso la vida cristiana es una batalla constante contra nosotros mismos. Es la batalla contra el yo.
No hay tregua en esta lucha.
Recordando la historia de David y Goliat, cuando el gigante apareció se trataba de una batalla de esclavitud. Si David vencía, los filisteos serían esclavos de Israel. Si Goliat vencía, Israel sería esclavo de los filisteos.
Lo mismo ocurre con nosotros.
Si no vencemos un hábito, ese hábito termina esclavizándonos. Por ejemplo, si alguien no vence el hábito de tomar café, eventualmente ese hábito lo domina.
Por lo tanto, esta es una batalla por la libertad.
No debemos excusar los hábitos, por pequeños que parezcan. Si Dios nos muestra que algo no está de acuerdo con su voluntad, debemos cooperar con Él para vencer ese gigante.
La voluntad de Dios: nuestra santificación
La Biblia responde claramente cuál es la voluntad divina. En 1 Tesalonicenses 4:2-4 leemos:
“Porque ya sabéis qué instrucciones os dimos por el Señor Jesús; pues la voluntad de Dios es vuestra santificación: que os apartéis de fornicación; que cada uno de vosotros sepa tener su propia esposa en santidad y honor”.
La voluntad de Dios es que seamos santificados, que seamos santos, que seamos como Cristo.
Dios desea que su pueblo desarrolle la imagen de Cristo en sus vidas y abandone todo aquello que está en contra de su voluntad. Eso es el pecado: hacer lo que no corresponde a la voluntad divina.
El pecado también se define como la violación de la ley de Dios, que es la manifestación de su voluntad.
La santificación es el proceso mediante el cual Dios limpia nuestra vida de todo aquello que nos esclaviza. El ser humano tiene una naturaleza predispuesta a la esclavitud. Puede convertir incluso lo bueno en algo malo mediante el abuso o el mal uso.
Dios desea restaurar el equilibrio original, donde la vida estaba gobernada por la voluntad sometida a Dios.
La batalla entre la voluntad y las pasiones
La voluntad es el poder principal en la naturaleza humana. A través de ella tomamos decisiones.
En el principio, la voluntad gobernaba las pasiones y los sentimientos. Dios nos dio pasiones, pero con la caída ocurrió lo contrario: las pasiones y los sentimientos comenzaron a dominar la voluntad.
Hoy muchas decisiones se toman de acuerdo con deseos y emociones. Por ejemplo, alguien desayuna y luego pasa por una tienda donde venden dulces. Surge el deseo: “Me gustaría comer uno”.
La razón responde: “Pero ya comiste”.
Entonces los sentimientos dicen: “No es tan malo, solo uno”.
Ahí comienza la batalla.
Si la persona se somete a los deseos, se vuelve esclava de ellos. Pero si somete su voluntad a Cristo, entonces las pasiones quedan bajo control.
Cuando el Espíritu Santo dice: “No comas eso, no tomes eso, no mires eso”, entonces debemos someternos a esa voluntad.
Si actuamos según nuestras pasiones, la voluntad queda subyugada y nos convertimos en esclavos de los deseos. Y cuando las pasiones no están gobernadas por la voluntad, se transforman en instrumentos que el enemigo puede usar para dominarnos.
Cristo vino precisamente para restaurar el orden original.
El secreto de vencer la carne
En Romanos capítulo 8 el apóstol Pablo explica este principio:
“Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz”.
El secreto para vencer la carne es que el Espíritu viva en nosotros.
Gálatas 5:16 lo expresa claramente:
“Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne”.
Caminar en el Espíritu significa vivir sometidos a Él.
Aquí se encuentra la gran batalla, porque naturalmente queremos hacer lo que nos agrada: comer lo que nos gusta, ver lo que nos complace, pensar lo que deseamos.
Morir al yo significa dejar de vivir para nuestros deseos y comenzar a vivir para la voluntad de Dios.
Cristo: la garantía de la victoria
La seguridad del creyente se encuentra en Cristo. En 1 Corintios 1:30 se nos dice:
“Mas por Él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención”.
Jesús es nuestra santificación y la garantía de nuestra victoria. Él ya obtuvo la victoria.
Cuando Cristo vivió en la tierra como ser humano, vivió una vida completamente victoriosa. Y esa vida perfecta se coloca en lugar de la nuestra.
Por eso la victoria ya está obtenida en Él.
Colosenses 2:10 declara:
“Y vosotros estáis completos en Él”.
No luchamos para que Dios nos acepte. Luchamos desde la seguridad de haber sido aceptados.
Es como un niño en el hogar. No crece para ser aceptado como hijo; crece porque ya es hijo.
De la misma manera, el cristiano crece en la seguridad del amor de Dios.
La seguridad de que Dios completará la obra
Filipenses 1:6 dice:
“Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo”.
Aquí encontramos dos seguridades maravillosas:
-
Dios comenzó la obra.
-
Dios la terminará.
La santificación no es una obra humana. Nosotros cooperamos, pero Dios es el que transforma.
Él es el santificador, así como es el justificador.
La confianza en el trono de la gracia
Hebreos 4:15-16 declara:
“Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia”.
Podemos acercarnos con confianza, porque Dios conoce perfectamente nuestras debilidades.
Nada de lo que hagamos lo toma por sorpresa. Cristo murió por nosotros con pleno conocimiento de quiénes somos.
Por eso siempre podemos acudir al trono de la gracia para recibir ayuda.
La victoria se obtiene por fe
Hebreos 11 muestra que los héroes de la fe, aunque tenían grandes debilidades, obtuvieron victoria por medio de la fe.
“Que por fe conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas…”
La vida cristiana es una batalla de fe en las promesas de Dios.
Cinco pasos para obtener la victoria
1. Reconocer y confesar el problemaSalmos 32:5 dice:
“Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad”.
El primer paso es reconocer el pecado y confesárselo a Dios, sin excusas ni justificaciones. Quien no reconoce su problema no puede ser liberado.
2. Arrepentimiento y confesión1 Juan 1:9 declara:
“Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar”.
El arrepentimiento es un don divino. Si no sentimos arrepentimiento, debemos pedirlo a Dios.
3. Escoger hacer la voluntad de Dios y entregar el problemaJosué 24:15 dice:
“Escogeos hoy a quién sirváis… pero yo y mi casa serviremos a Jehová”.
Debemos elegir hacer lo correcto. Luego entregamos la carga a Dios.
Salmos 55:22 dice:
4. Recibir la victoria de Cristo“Echa sobre Jehová tu carga, y Él te sustentará”.
1 Corintios 15:57 dice:
“Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo”.
Cristo ya obtuvo la victoria. Nosotros simplemente la recibimos por fe.
5. Declarar la victoria por feMarcos 11:23 enseña que debemos creer y declarar con fe.
El paso final es declararnos victoriosos en Cristo, incluso antes de sentir el cambio. La victoria puede manifestarse de inmediato o progresivamente, pero el creyente vive por fe en la promesa.
Vivir en la victoria
Algunos gigantes desaparecen rápidamente. Otros tardan más en caer. Pero la victoria ya fue obtenida en Cristo.
El justo puede caer, pero vuelve a levantarse. Y el Señor lo libra.
Por eso el creyente vive en gozo y libertad mientras crece espiritualmente. Incluso si muriera en el proceso de santificación, está completo en Cristo.
En Él ya somos aceptados, ya somos perfectos a los ojos del Padre.
Y esa es la seguridad gloriosa del evangelio.
Este contenido ha sido desarrollado a partir de la conferencia del Pr Samuel Braga (Capacitación - Día 3 Secretos para el crecimiento explosivo de la iglesia)
Recopilación y edición: Augusto E.V.
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